El dinero no es el motivo

Ya estamos a fin de mes y, si no has cobrado ya, poco debe faltar. Seguro que el día de cobro es uno de los más llevaderos en el trabajo.
No obstante, aunque no lo reconozcamos nunca, no trabajamos solamente por el dinero. Es obvio que sin cobrar nadie movería un dedo, pero el dinero no es el único motivo, aunque nos mueve. Hacen falta más cosas.
¿Qué hay de sentirse útil? ¿Qué hay de ver la importancia de tu trabajo? ¿Y el reconocimiento por un trabajo bien hecho?
Un profesor, de la facultad de psicología de la Universidad de Barcelona, decía que del mismo modo que el objetivo de la vida no es respirar, el objetivo del trabajo no es ganar dinero. Si no respiramos, dejamos de vivir; pero no es el motivo por el cual vivimos.

“Me interesa el futuro – decía Woody Allen- porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mis días”. Del mismo modo al ciudadano le preocupa su lugar de trabajo y las condiciones que le acompañan. Hubo un tiempo en que el máximo lujo que se podía esperar de una empresa -más allá del sueldo- era un vale de economato, turrón por Navidad y una cubertería a los veinte años de fidelidad. Hoy la realidad empresarial tiende a sustituir el paternalismo por incentivos económicos, mientras los trabajadores tienden a reclamar valores intangibles: respeto, independencia, calidad de vida…

En trabajos que requieren un elevado nivel de iniciativa personal, señalan los expertos en relaciones laborales, cuidar la calidad de vida de los trabajadores acaba siendo beneficioso para las empresas, aunque cuidar esta calidad de vida requiere inversiones y al principio pueda parecer más costoso. La conclusión se basa en que, si un trabajador se encuentra a gusto con su trabajo, estará más motivado y rendirá más. Ejemplos de empresas como Google en Estados Unidos o MRW en España, que cuidan el bienestar de los trabajadores y obtienen grandes beneficios, sustentan esta teoría.

No todo es el dinero: guarderías, salas de gimnasio, restaurante de empresa, horario flexible… no tiene desperdicio la frase de Nuria Chinchilla, profesora del IESE: En España hacemos horarios religiosos: se entra a la hora que Dios manda y se sale cuando Dios quiere“.

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